Conner se detuvo en el pequeño porche delantero de la casa construida en el árbol. Olió el aire. Reconoció los olores de los cuatro hombres en el interior. Rio Santana, el hombre que dirigía el equipo. Elijah Lospostos, el miembro más nuevo del equipo. Conner no le conocía tan bien como a los otros, pero parecía extremadamente capaz. Sólo habían trabajado juntos un par de veces, pero el hombre no holgazaneaba y era rápido y callado. Los otros dos hombres eran Felipe y Leonardo Gomez Santos de la selva tropical brasileña, un par de hermanos que eran brillantes en operaciones de salvamento. Tampoco se estremecían bajo las peores circunstancias y Conner prefería trabajar con ellos que con nadie más. Ambos eran agresivos y tenían una paciencia interminable. Siempre hacían el trabajo. Conner estaba complacido de que estuvieran a bordo en esta misión, cualquiera que fuese. Tenía la sensación de que la misión iba a ser difícil dado que Rio le había solicitado a él específicamente.

Abrió la puerta y los cuatro hombres alzaron la mirada con sonrisas rápidas. Ojos serios. Captó eso enseguida así como la tensión creciente del cuarto. El estómago se le anudó. Sí, esta iba a ser una mala. Eso por estar feliz de volver a casa.

Cabeceó hacia los otros.

– Es bueno regresar.

– ¿Cómo está Drake? -preguntó Felipe.

Drake era probablemente el más popular de todos los leopardos con los que trabajaban y a menudo dirigía el equipo en misiones de rescate. Era el más metódico y disciplinado. Los leopardos machos tenían notoriamente mal humor y muchos en cercana proximidad podían causar estallidos de ira que se agravaban rápidamente, pero no con Drake alrededor. El hombre era un diplomático y líder nato. Había sido herido tan seriamente durante un rescate que le habían colocado placas en las piernas, placas que le impedían cambiar. Todos sabían lo que eso significaba. Más pronto o más tarde, él no podría vivir con la pérdida de su otra parte.



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