Normalmente, sus clientes charlaban con Sammy, pero no le prestaban demasiada atención. Hablaban con él, distraídos. Pero ella, no. A ella le gustaban los niños. Cash maldijo en silencio. Lexie Woolf no solo era un problema. Era un serio problema. Cash era reacio a las mujeres, porque habían sido una plaga en su vida. Sobre todo, las mujeres con cerebro. Pero tenía treinta y cuatro años y sabía suficiente como para reconocer a una que pudiera romperle el corazón.

Su debilidad era Sammy. Y Lexie lo trataba como si fuera el niño más fascinante del mundo. Lo que ella no sabía era que Sammy nunca, jamás, hablaba con mujeres extrañas.

Sammy, a los ocho años, era tan reacio a las mujeres como él mismo.

Cash pudo seguir observándola a placer durante el postre. Y la preocupación aumentó. Sammy parecía encantado con ella.

Cash intentó escuchar lo que decían.

– Pues sí, tengo una fotografía de mi familia… espera un momento -estaba diciendo Lexie. Cuando intentó sacar algo del monedero, su servilleta cayó al suelo. Y después la cucharilla.

Sammy miró la fotografía.

– ¿Estos son tus padres? No te pareces nada.

Cash miró la fotografía y se quedó sorprendido. Normalmente, no había nada sorprendente en los retratos familiares, pero sí en aquel. Todos eran altos y muy rubios, tipo nórdico. Y luego estaba Lexie, pequeñita y morena, con aquellos ojos exóticos…

– Es que, en realidad, soy adoptada. Perdí a mis verdaderos padres cuando tenía tres años.

– ¿Eres adoptada? -repitió el niño. Cash se puso tenso. Lexie no sabía que aquel era un tema delicado.

– Sí.

– ¿Y qué pasó con tus padres? ¿Se murieron?

– Sammy -lo interrumpió Cash-. Ya sé que sientes curiosidad, pero es posible que a la señorita Woolf no le apetezca contarte cosas tan personales. Puedes preguntarle dónde vive, dónde trabaja y cosas así.

– Pero, Cash, yo solo quería saber cómo la adoptaron…



10 из 85