
Su debilidad era Sammy. Y Lexie lo trataba como si fuera el niño más fascinante del mundo. Lo que ella no sabía era que Sammy nunca, jamás, hablaba con mujeres extrañas.
Sammy, a los ocho años, era tan reacio a las mujeres como él mismo.
Cash pudo seguir observándola a placer durante el postre. Y la preocupación aumentó. Sammy parecía encantado con ella.
Cash intentó escuchar lo que decían.
– Pues sí, tengo una fotografía de mi familia… espera un momento -estaba diciendo Lexie. Cuando intentó sacar algo del monedero, su servilleta cayó al suelo. Y después la cucharilla.
Sammy miró la fotografía.
– ¿Estos son tus padres? No te pareces nada.
Cash miró la fotografía y se quedó sorprendido. Normalmente, no había nada sorprendente en los retratos familiares, pero sí en aquel. Todos eran altos y muy rubios, tipo nórdico. Y luego estaba Lexie, pequeñita y morena, con aquellos ojos exóticos…
– Es que, en realidad, soy adoptada. Perdí a mis verdaderos padres cuando tenía tres años.
– ¿Eres adoptada? -repitió el niño. Cash se puso tenso. Lexie no sabía que aquel era un tema delicado.
– Sí.
– ¿Y qué pasó con tus padres? ¿Se murieron?
– Sammy -lo interrumpió Cash-. Ya sé que sientes curiosidad, pero es posible que a la señorita Woolf no le apetezca contarte cosas tan personales. Puedes preguntarle dónde vive, dónde trabaja y cosas así.
– Pero, Cash, yo solo quería saber cómo la adoptaron…
