Elegantes, sofisticadas… y, por supuesto, ninguna llevaba ropa apropiada para vivir en la montaña. Cash miró alrededor. Media hora antes, los platos estaban llenos y la charla había sido agradable, pero a medida que terminaban de cenar, el silencio caía sobre la mesa. Cash eligió a la persona más tímida para iniciar una conversación, el señor Farraday, un banquero mentado a su izquierda. Después, habló con Stuart Rennbaker, presidente de varios consejos de administración, que comía lasaña como si no pudiera hartarse.

Aún así, parte de su atención estaba centrada en Lexie.

Por tercera vez desde que empezó la cena, ella dejó caer el tenedor. Llevaba un jersey de angora blanca que se ajustaba a sus pechos más de lo que hubiera sido deseable… pero ningún jersey, por caro que fuera, podía hacer que dejara de ser torpe.

En ese momento, ella se estaba riendo de algo que su hijo había dicho y Cash sintió que se le encogía el estómago. No de nervios, él nunca se ponía nervioso, sino de preocupación.

Lexie Woolf llevaba unos pantalones de quinientos dólares, pero en su risa no había nada falso. Era delgada, bajita y sin muchas curvas… precisamente, su tipo favorito de mujer. Y lo peor era que se reía de verdad. De hecho, cuando lo hacía arrugaba toda la cara y mostraba una dentadura perfecta, excepto por un diente un poco roto, que le daba un aspecto adorable. Esa risa podría hacer que le diera vueltas la cabeza, aunque no hubiera tenido también aquellos pechos y los ojos color chocolate y una boca tan sexy… Lexie se reía de corazón. Se reía como si le gustara la vida. Se reía como el tipo de mujer que se deja ir cuando se apaga la luz.

Tenía que controlarse, pensó Cash. Y lo intentó. Siguió charlando con sus invitados, pero no podía dejar de mirarla. En ese momento, Lexie estaba intentando pinchar unos guisantes con el tenedor, pero la mitad cayó al suelo porque estaba muy concentrada hablando con su hijo.



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