
Lexie sacó las piernas de la cama, encendió la luz y se tapó los ojos. Le dolía un poco la cabeza y los músculos de su cuello estaban tensos de dar vueltas en la cama. En resumen, debería estar hecha un desastre.
Pero la imagen de Cash McKay hacía que se sintiera fresca y llena de energía. Al pensar en él, olvidó todos sus dolores. O estos se curaron milagrosamente. Estaba deseando levantarse y ver qué le ofrecía aquel nuevo día.
Pero mientras se ponía unos vaqueros, una camisa de color pastel y botas de montaña recién compradas, empezó a ser ella misma de nuevo.
¿Cómo podía estar deseando que empezara el día? Si estuviera en su casa, ya habría hecho un par de llamadas, comprobado el fax y visto la CNN antes de lavarse los dientes. Aquella mañana no sabía cómo iba el índice Dow Jones y solo escuchaba el sonido de los pájaros.
No iba a durar allí cuatro semanas. Ni cuatro días, seguramente.
Y cuando bajó la escalera, allí estaba él. Cash. Y su cachorro. En realidad, en el comedor había varios hombres tomando el desayuno, pero ella solo se fijó en los McKay. El mayor le estaba tomando la lección al pequeño y Lexie solo pudo pensar en lo adorables que eran los dos, con sus vaqueros gastados, las camisas de franela y las botas. Aquella pareja podría llevar un letrero en la frente: Cash e hijo. No se aceptan mujeres.
Eran tan… encantadores. Tan orgullosos. El amor que sentían el uno por el otro era como un escudo que los protegía del mundo. Pero entonces, el más sexy de los dos miró hacia la puerta.
– Buenos días, Lexie -la saludó. Ella saludó a todo el mundo con una sonrisa. A Keegan, a George, a Slim Farraday, el diminuto banquero y a Stuart Rennbaker, un alto ejecutivo de los que suelen sufrir un infarto antes de los cincuenta años. Los dos hombres fueron amables con ella, pero Lexie no podía serlo hasta que tomara una taza de café.
