– ¿Cómo que había un muerto en tu camión? -su voz, al igual que su personalidad, era ruidosa, agresiva e impaciente.

Mientras le contaba lo sucedido, me lo imaginé como lo había observado muchas veces durante los desfiles en las pistas de carreras: robusto, de pelo canoso y pendenciero, muy dado a esgrimir el dedo amenazadoramente.

– Escúchame, camarada -repuso Rich a gritos-. No debes levantar a nadie que quiera viajar de manera gratuita mientras trabajas para mí, ¿está claro? Y cuando lleves a mis caballos, no lleves a los de nadie más. Ésa es la forma en que hemos trabajado y no quiero ningún cambio.

Reflexioné que una vez que la cuadra completa de Jericho Rich se hubiera trasladado a Newmarket, de cualquier modo ya no iba a hacer muchos negocios con él, aunque alelar al viejo avinagrado sería insensato a pesar de todo. Si le daba un año o dos, tal vez podría traer a sus caballos de regreso.

– Y es más -prosiguió-, cuando lleves a mis potrancas mañana, mándalas en otro camión. Los caballos pueden oler la muerte, ¿sabes? Y no envíes al mismo conductor.

No valía la pena discutir con él.

– Muy bien -respondí.

Comenzó a perder ímpetu y colgó por fin.

El entrenador, Michael Watermead, en contraste sorprendente, hablaba por teléfono en un tono de voz suave, titubeante y educado. El hombre empezó por preguntarme si los caballos de nueve años de edad que habían salido de su custodia esa mañana habían llegado sanos y salvos a Newmarket. Le aseguré que así había sido.

Hubiera sido natural que Michael mostrara resentimiento de su parte por haberse visto obligado a desprenderse de ellos; no había muchas cuadras de caballos tan grandes o talentosas como la de Rich, no obstante, Watermead parecía tener sus sentimientos bajo control. Era alto, rubio y cincuentón. Su nerviosismo acostumbrado era una fachada para el buen manejo de más de sesenta caballerizas que, por lo general, estaban repletas de animales sanos. Le simpatizaba a sus caballos, lo que siempre constituía una referencia de su carácter afable. Los animales frotaban el hocico contra el cuello del entrenador si se encontraba cerca.



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