
Nunca había montado para Michael, ya que él entrenaba caballos de pista plana, pero desde que adquirí la empresa de transportación y llegué a conocerlo mejor, nos habíamos convertido, por lo menos en lo que a negocios se refería, en buenos amigos.
Preguntó con toda calma:
– ¿Es cierto que trajeron en tu camión a un hombre muerto?
– Creo que sí -le expliqué una vez más acerca de Kevin Keith Ogden y le conté que Jericho Rich ya me había exigido un camión y un conductor diferentes para transportar las potrancas a la mañana siguiente.
– Este tipo -comentó Michael con amargura-. A pesar del hueco que se ha creado en mis caballerizas, tendré mucho gusto en no saber nada más acerca de él. Es un patán con un temperamento detestable.
– ¿Vas a llenar el hueco?
– ¡Oh, sí, claro! A la larga sí. Perder a Jericho es una desgracia, pero no un desastre.
– ¡Fantástico!
– ¿Comemos el domingo? Maudie te llamará.
– ¡Excelente! -cualquiera se ahogaría en los ojos azules de Maudie Watermead. Sus comidas domingueras eran legendarias.
Farway, que todavía estaba junto a la ventana, empezaba a impacientarse y consultaba repetidamente su reloj, como si con eso el tiempo transcurriera más deprisa.
– ¿Whisky? -ofrecí una vez más.
– No bebo.
¿Disgusto o adicción?, me pregunté. Probablemente sólo sería llano rechazo.
Miré alrededor de mi espaciosa sala familiar y pensé qué impresión tendría de ella. Había una alfombra gris y algunos tapetes. Paredes color crema, fotografías de carreras de caballos, la colección de pericos de porcelana de mi madre se encontraba en un nicho. Un escritorio eduardiano de caoba y su sillón giratorio de cuero. Sofás de tela cruda antigua y decolorada, una bandeja para bebidas en la mesa lateral y lámparas por todas partes. Era una habitación en la que vivía, no sólo el triunfo de un decorador.
