
– Creo que nací para ello. Mi padre se dedicó siempre a entrenar caballos de salto de obstáculos.
– ¿Y eso lo hace inevitable?
– No -repuse-. Mi hermana es física.
El asombro lo dejó boquiabierto.
– ¿Lo dice en serio?
– Claro que sí. ¿Por qué no?
No pudo pensar en por qué no y se salvó de darme una res puesta debido a que el teléfono sonó en ese momento. Contesté y escuché a Sandy en la línea.
– La policía de Nottingham -comentó el alguacil- querrá saber dónde está exactamente South Mimms.
– La gasolinera de South Mimms está ubicada al norte de Londres, en la Eme veinticinco. Y voy a decirte algo más, Sandy: de Nottingham a Bristol, ni en un millón de años se pasaría cerca de South Mimms. Avísale a la policía de Nottingham que les comunique con cuidado la noticia a los parientes; no iba directamente de casa a la boda de su hija.
Sandy entendió el mensaje.
– Comprendo -repuso-. Se lo diré.
Colgué el auricular y Bruce Farway preguntó:
– Supongo que no importa el motivo por el que se encontraba en South Mimms.
– Para él ya no -convine-, pero voy a perder el tiempo de mis empleados. La investigación y todas esas cosas. Es un fastidio, nuestro señor Ogden.
Farway dejó traslucir un gesto de franca desaprobación y regresó a observar el camión de caballos. Transcurrió mucho tiempo en medio del aburrimiento, durante el que bebí whisky y agua ("Para mí no", dijo Farway); también pensé, hambriento, en mi rico estofado, que debía de estar helado y aún contesté dos llamadas telefónicas más.
La noticia se había difundido por todas partes a la velocidad de la luz. La primera voz que exigió conocer los hechos era la del propietario de los caballos de dos años que habíamos llevado a Newmarket esa mañana; la segunda era la del entrenador perfecto que se había visto obligado a verlos partir de sus caballerizas.
Jericho Rich, el dueño, que nunca perdía el tiempo en charlas introductorias; espetó:
