
Se trataba de mi hogar.
Después de mucho tiempo, vimos avanzar una carroza fúnebre muy despacio por el camino asfaltado que se detuvo entre el camión de caballos y la puerta de mi casa. Sandy regresó en su auto oficial inmediatamente después. Farway profirió una exclamación y se apresuró a ir a su encuentro, así como al de los tres hombres flemáticos que emergieron de la carroza fúnebre y pusieron manos a la obra. Seguí a Farway y observé que bajaban una camilla estrecha que estaba cubierta con mucha tela de lona oscura y varias correas fibrosas.
El hombre que parecía estar a cargo de todo indicó que era el oficial pesquisidor y le presentó a Farway el papeleo que tenía que llenar. Los otros dos, que llevaban la camilla, se treparon a la cabina, seguidos de Sandy, quien pronto bajó nuevamente. El oficial traía consigo un maletín de mano y un portafolios. Ambos eran de cuero, estaban maltratados, pero eran finos de origen.
¿Las pertenencias del difunto? -preguntó Sandy.
Farway pensó que así era.
– No pertenecen a mis hombres -afirmé.
Sandy colocó los maletines sobre el asfalto y volvió a subir para regresar con una bolsa de plástico que contenía los despojos del occiso: un reloj de pulsera, un encendedor, una cajetilla de cigarros, una pluma, un peine, un pañuelo, los anteojos y un anillo de ónix y oro. Los detalló en voz alta al oficial pesquisidor, quien les adhirió una etiqueta que decía PROPIEDAD DE K. K. OGDEN.
Mientras Sandy y el pesquisidor subían a la cabina, me puse en cuclillas junto a los objetos y abrí la cremallera del maletín.
– No creo que esté bien hacer eso -protestó Farway.
El maletín, a medio llenar, contenía los efectos personales de Ogden para una sola noche: estuche de afeitar, piyama, camisa limpia, nada fuera de lo común. Cerré la cremallera y abrí de golpe el portafolios, que no estaba asegurado con llave.
