
– ¡Oiga! -exclamó Farway-. No tiene ningún derecho…
– Si un hombre se muere dentro de mi propiedad -contesté de manera razonable-, me gustaría saber quién era.
Me pareció que el escaso contenido no aportaba ninguna información valiosa al respecto. Una calculadora. Una libreta de notas, en la que no había nada escrito. Un frasco de aspirinas, una caja de tabletas para la indigestión, dos botellas pequeñas de vodka, como las que ofrecen en las líneas aéreas, ambas llenas. Cerré el portafolios y me puse de pie.
– Todo suyo -comenté.
Los empleados de la funeraria se tomaron su tiempo y, cuando por fin sacaron a Kevin Keith lo hicieron por la puerta delantera de pasajeros, no por la de los mozos de espuelas que se encontraba más atrás y por la que todos, hasta ese momento, habíamos subido para poder llegar al asiento posterior. El cadáver yacía en la camilla y con los pies por delante, envuelto como masa amorfa en una lona gruesa sujetada por correas. Levantaron la camilla y la metieron en la carroza fúnebre. De ahí trasladaron el cuerpo de Ogden a un ataúd de metal.
Farway, más acostumbrado a los cadáveres que yo, tomó el retiro de éste de manera prosaica. Me comentó que él no realizaría personalmente el examen post mortem, pero que le parecía un paro cardíaco indiscutible. Me dio las buenas noches en un tono insulso, subió a su auto y siguió a la carroza fúnebre mientras se alejaba del estacionamiento asfaltado. Sandy se llevó el maletín y el portafolios de Ogden y condujo con tranquilidad detrás de ellos.
De repente todo pareció quedar en silencio. Levanté la mirada hacia las estrellas eternas y me pregunté preocupado si Kevin Keith Ogden, cuando iba acostado en el asiento largo de imitación de cuero, detrás de un motor que rugía, se había dado cuenta de que estaba muriéndose.
Pensé que lo más probable hubiera sido que no. En algunas ocasiones que perdí el conocimiento debido a alguna caída ocurrida durante las carreras, la última cosa que había distinguido era una Visión, como un torbellino, de césped y cielo. Después del impacto, no habría podido saber si me había muerto; y pensaba algunas veces, cuando despertaba agradecido, que una muerte imprevista sería una bendición.
