Subí nuevamente a la cabina. Brett Gardner había dejado puesta la llave de ignición, otro de los tabúes de mi libro. Retiré el llavero, salté presto por la puerta de pasajeros y la cerré detrás de mí. Las puertas delanteras de ambos lados se cerraban con la misma llave que ponía en marcha el motor. Cerré la puerta del conductor y con la segunda llave aseguré la puerta de los mozos de cuadra. Una tercera llave cerraba el pequeño compartimiento bajo el tablero, que examiné y encontré asegurado. Contenía el interruptor de corriente del teléfono y varios documentos.

Volví a rodear el camión para poder inspeccionarlo otra vez. Todo parecía estar bien. Las dos rampas de los caballos se encontraban arriba y aseguradas. Las cinco puertas de acceso, dos para los asientos delanteros y tres para los acompañantes, también estaban intactas. A pesar de todo, me sentí inquieto. Regresé a la casa y cerré con llave la puerta trasera. Alargué la mano para apagar las luces exteriores, pero cambié de opinión y las dejé encendidas.

Por la noche, acostumbrábamos guardar la flotilla en un corral grande que había transformado y al que le había mandado construir paredes de ladrillo. Las amplias puertas de la entrada estaban bien aseguradas con candados. El camión para transportar nueve caballos estaba solo sobre el asfalto y parecía extrañamente vulnerable, aun cuando rara vez se robaban un camión de ese tamaño. Tenía demasiados números de identificación grabados en muchas partes, sin contar con el nombre Croft Raceways, que estaba pintado en seis lugares.

Recalenté el viejo estofado, lo rocié con un poco de vino tinto para hacerlo más apetitoso y me comí el resultado final.



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