
– ¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Qué sucedió?
Eché un vistazo hacia afuera. Me tranquilizó ver estacionado bajo las sombras uno de los dos camiones más grandes de mi flotilla para transportar caballos en la zona asfaltada de estacionamiento. Las luces de la casa destellaban sobre su flanco plateado. Por lo menos no se había volcado en una zanja.
– Verás, Freddie -dijo Dave Yates quejumbroso y a la defensiva-, no fue culpa nuestra. El "Cuatro ojos" que levantamos…
– ¿Qué?
El más joven de los dos aclaró:
– Te advertí que no lo hiciéramos, Dave.
La voz del hombre era un franco lloriqueo; evadir la culpa resultaba uno de sus hábitos más arraigados. Brett Gardner, que ya se encontraba en mi lista para ser despedido, había sido contratado por su fuerza muscular y su pericia como mecánico. Estaba por concluir su período de prueba, y yo no quería retenerlo como empleado permanente. Era un conductor experto, no podía negarlo, pero varios clientes importantes me habían solicitado que él no llevara a sus caballos a las carreras, ya que tenía la tendencia a diseminar sus insatisfacciones como un virus.
– No llevábamos caballos a bordo -me explicó Dave Yates, tratando de calmarse-. Sólo íbamos Brett y yo.
Les había informado en repetidas ocasiones a todos los conductores que levantar a alguna persona en la carretera mientras llevaban caballos a bordo invalidaba el seguro. Les había advertido también que los despediría en el instante en que lo hicieran Les había ordenado, asimismo, que nunca se ofrecieran a llevar a ningún extraño, incluso si el camión iba vacío y no traían caballos.
Entonces me pregunté si me desobedecían con frecuencia.
– ¿Qué pasó con el Cuatro ojos? -inquirí mostrando gran enojo-. ¿Qué ocurrió en realidad?
Dave repuso con desesperación:
– Está muerto.
– ¡Estúpido…! -mis palabras fueron sofocadas por la ira. ¡Qué ganas me dieron de golpearlo! El empleado, sin duda, se dio cuenta de eso porque retrocedió instintivamente. Se me ocurrió toda clase de enredos en rápida sucesión y todos presagiaban problemas-. ¿Qué fue lo que hizo? -pregunté exigente-. ¿Trató de de saltar del camión mientras estaba en movimiento? ¿O acaso lo atropellaron? "¡Dios santo!", pensé, "que no se trate de eso".
