
Dave negó con la cabeza y, al menos, aminoró mis temores.
– Está dentro del camión -respondió-. Acostado sobre el asiento. Tratamos de despertarlo cuando llegamos a Newbury para avisarle que ya era hora de que se bajara. Y no pudimos. Quiero decir… está muerto.
– ¿Estás seguro?
Ambos asintieron a regañadientes.
Encendí las luces exteriores para que la zona asfaltada tuviera buena visibilidad y fui con ellos a echar un vistazo. Los dos iban casi volando, uno a cada lado de mí, dando desafortunados manotazos, tratando de menospreciar el problema, sacudiese la culpa y sobre todo de hacerme entender que se trataba de una desgracia, pero que no era, como Dave había dicho, su responsabilidad.
Dave era casi tan alto como yo (medía uno setenta y tres) y tenía aproximadamente mi edad (treinta y tantos). Primero que nada, se consideraba un jinete y, de manera complementaria, conductor. Por lo general viajaba con los animales a los que enviaban con pocos hombres para atenderlos. Esa mañana había visto partir a Dave y a Brett muy malhumorados a recoger nueve caballos de dos años, para realizar un viaje sencillo a Newmarket. El propietario, a medio proceso de transferir toda su cuadra de un entrenador perfecto a otro semejante, estaba de un humor insoportable.
El día anterior, me había tocado a mí trasladar a sus potros de tres años de edad y tenía reservación para las potrancas a la mañana siguiente. "Más dinero que sentido común", pensé.
Sabía que los nueve caballos de dos años habían llegado ilesos a su nuevo hogar, ya que Gardner llamó a mi oficina cuando estuvieron en su destino y en cuanto inició el viaje de regreso. Todos los camiones estaban equipados con teléfono. Con una flotilla de catorce camiones zigzagueando a través de Inglaterra, la mayor parte de las veces con fortunas multimillonarias en cabezas de ganado, no podía darme el lujo de cometer errores debidos a la ignorancia o al descuido.
