Las cabinas delanteras de los camiones grandes siempre eran muy espaciosas, ya que, por lo general, en ellas viajaban varios mozos de cuadra además de uno o, en algunas ocasiones, dos conductores. Detrás de los asientos delanteros, se ubicaba uno posterior, largo y acojinado, en el que cabían cuatro o cinco personas delgadas. Esta vez, el hombre acostado boca arriba ocupaba todo el largo del asiento. Trepé a la cabina y lo miré.

En ese momento me percaté que esperaba que se tratara de un vagabundo, alguien con barba incipiente, chaqueta apestosa y pantalones vaqueros sucios: un infeliz. No este hombre gordo de mediana edad, vestido de traje y corbata, que parecía próspero. No había duda de que estaba muerto. No intenté sentirle el pulso, ni cerrarle los párpados medio abiertos detrás de gruesos lentes. Bajé de un salto de la cabina, cerré la puerta y miré los rostros preocupados de mis hombres, que ya no se atrevían a verme a los ojos.

– ¿Cuánto les pagó? -pregunté con brusquedad.

– ¡Freddie! -Dave Yates se retorció avergonzado, al tiempo que trataba de negarlo. Era despreocupado, agradable, pero no siempre de buen juicio.

– Yo no… -Brett empezó el relato con fingida indignación.

Lo miré con profunda tristeza y lo interrumpí.

– ¿Dónde lo levantaron y cuánto les ofreció?

– Dave lo arregló -acusó Brett.

– Pero te dieron tu parte -afirmé, dando el hecho por sabido.

– Brett le pidió más -espetó Dave furioso-. Se lo exigió.

– Sí, bueno, tranquilícense -empecé a caminar de regreso a la casa-. Será mejor que piensen lo que van a decirle a la policía. Por ejemplo, ¿les dijo cómo se llamaba?



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