– No -respondió Dave.

– ¿O les dio alguna razón para querer que lo llevaran?

– Su auto se descompuso -explicó Dave-. Se encontraba en la gasolinera de South Mimms, deambulando cerca de las bombas de diesel. Intentaba convencer al conductor de un camión cisterna de gasolina para que lo llevara a Bristol. Le ofreció un puñado de dinero, pero ese camión iba con rumbo a Southampton.

– ¿Qué estaban haciendo en las bombas de diesel en todo caso? No tenían ninguna necesidad de cargar más combustible. No, si sólo habían realizado un viaje de ida y vuelta a Newmarket.

– A Dave le dolía mucho el estómago -respondió Brett-. Sufría retorcijones. Teníamos que detenernos para conseguir algo.

– Imodium -confirmó Dave, mientras asentía-. Sólo pasaba por las bombas al regresar, ¿comprendes?

Con ánimo en extremo sombrío, entré pensativo en la casa, crucé por la puerta trasera hasta llegar al recibidor, luego giré a la izquierda y me dirigí hacia la amplia habitación de uso múltiple en la que por lo general pasaba gran parte de mi tiempo. Recorrí las cortinas, que revelaron el camión de caballos estacionado en el asfalto, y allí permanecí inmóvil, contemplándolo, mientras llamaba por teléfono a la policía.

El alguacil local que contestó a mi llamada me conocía muy bien. Ambos habíamos pasado gran parte de nuestras vidas en el centro hípico de Pixhill, un pueblo grande que se extendía sobre un pliegue de terreno en Hampshire, al sur de Newbury.

– ¿Sandy? -dije cuando contestó-. Habla Freddie Croft. Tengo un pequeño problema. Uno de mis conductores trajo a un hombre que les pidió autostop; parece que murió durante el viaje. ¿Te molestaría venir? Está fuera de mi casa, no en la granja.

Sandy se aclaró la garganta.

– ¿Estás bromeando?

– Lamentablemente, no.

– Bueno, de acuerdo. Estaré ahí en diez minutos.



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