
Aparentemente, el muerto debería tener cuando menos un nombre, que descubrieron en su billetera repleta de tarjetas de crédito. Mientras el médico realizaba su examen, Sandy bajó de la cabina y me la mostró.
– K. K. Ogden. Se llama Kevin Keith Ogden -comentó Sandy, al tiempo que revisaba el contenido con los dedos regordetes-. Vivía en Nottingham. ¿Significa algo para ti?
– Nunca oí hablar de él -repliqué-. ¿De qué murió?
– Un ataque al corazón, tal vez. El doctor no podrá asegurarlo antes de realizar el examen Post mortem. No hay rastros de maniobras sucias, si a eso te refieres.
– ¿Entonces puedo usar el camión mañana?
– No veo por qué no -meditó con sensatez-. Es posible que quieras limpiarlo.
– Sí -repuse-. Siempre lo hago.
La cintura de Sandy, de cuarenta años de edad, se había vuelto voluminosa, y las mejillas y la quijada estaban tan fofas que parecían hinchadas, lo que le daba un aire simplón, escaso de inteligencia, que no dejaba de ser engañoso. En una época, sus superiores lo habían apostado lejos de Pixhill, con la creencia de que un oficial de policía se volvía demasiado sociable e indolente si permanecía mucho tiempo en una localidad pequeña. Durante la ausencia de Sandy, sin embargo, el índice de delitos menores se incremento en Pixhill, mientras que el de averiguación se desplomó. Después de un tiempo, Sandy Smith fue reinstalado en su puesto de alguacil de policía, sin muchos aspavientos.
El joven y sagaz doctor Bruce Farway, recién llegado a Pixhill, que ya había conseguido alejar a la mitad de sus pacientes al tratarlos con una condescendencia insufrible, bajó de la cabina y me ordenó de manera busca no mover el cadáver antes de que hiciera los arreglos para que se lo llevaran. Imposible diagnosticar ni asomo de humildad o sentido humanitario en él.
