Lo dejamos dando enérgicas instrucciones por el teléfono de su automóvil, mientras Sandy y yo nos encaminamos hacia la casa, donde Sandy Smith tomó las breves declaraciones de Dave y Brett. Con toda seguridad habría una investigación, les informó, pero no les quitaría mucho tiempo.

"Demasiado", pensé con enojo, y ambos adivinaron mi humor. Poco después, el alguacil los dejó en libertad de ir a la taberna, donde se encargarían de esparcir la noticia a través del chismorreo local. Sandy cerró su libreta, esbozó una sonrisa indiferente y luego condujo de regreso a su casa para telefonear a la policía de la ciudad natal del occiso. Sólo se quedó Bruce Farway, que aguardaba con impaciencia, cerca de su auto, la llegada del transporte que se llevaría a Kevin Keith Ogden.

Le pregunté si le gustaría esperar en la casa y aceptó titubeante, encogiéndose de hombros. En la sala espaciosa, le ofrecí una bebida alcohólica, Coca-Cola o café.

– Nada -replicó.

Con una mueca en los labios, examinó la hilera de fotografías enmarcadas de carreras de caballos que colgaba de la pared; en casi todas aparecía yo, en mi época de jockey, montado en el lomo de caballos de salto elevado. En un pueblo pequeño, dedicado a la crianza de caballos de carreras de pura sangre, había escuchado por casualidad a Bruce Farway mencionar que las personas que vivían para las carreras de caballos malgastaban sus vidas. Sólo el servicio abnegado que se presta a los demás, como, por ejemplo, el que brindan médicos y enfermeras, es digno de elogio. Nadie entendía por qué había llegado a Pixhill un hombre como él.

– ¿De qué murió nuestro “cadáver”?

Me miró sorprendido y fue hacia la ventana para contemplar el camión de caballos que se encontraba expuesto al frío nocturno.

– La obesidad y fumar demasiado, tal vez -se agitó con impaciencia y presto me hizo una pregunta:

– ¿Por qué fue jockey?



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