
– Te pagaré el doble…
– Eso sí que es estar desesperada.
– Y cuando vuelvas podemos hablar de tu futuro.
– No tengo futuro -declaró Jacqui enérgicamente, antes de que la situación se le fuera de las manos.
Sólo había accedido a ir a ver a Vickie de camino al aeropuerto porque así podría decirle cara a cara que la borrara de sus archivos. Irrevocablemente. Se acabaron para siempre las ofertas de trabajo temporales que Vickie seguía dejándole en el contestador automático. En España estaría a salvo de esas tentaciones.
– No como niñera -añadió mientras se dirigía hacia la puerta-. Te mandaré una postal…
Vickie se levantó de un salto, pero antes de que pudiera interponerse entre Jacqui y la puerta, entró Selina Talbot. Alta, rubia y claramente merecedora de los millones de dólares que había ganado como supermodelo y siendo el rostro de una famosa marca de cosméticos. Maisie, su hija adoptada de seis años, conocida en la sociedad por las revistas del corazón, estaba a su lado.
La pequeña no llevaba la ropa sencilla con la que cualquier niñera sensata la hubiese vestido para viajar. Su atuendo era el propio de una princesita: un vestido blanco de gasa con una faja de satén malva, medias blancas opacas y zapatos de raso. El perfecto contraste con su hermosa piel negra. Una tiara reluciente sobre sus rizos completaba la imagen. Sólo faltaban las alas.
Una de sus manos estaba en leve contacto con la de su madre, y de la otra colgaba una bolsa blanca de lino en la que habían sido bordadas las palabras «Cosas de Maisie» en el mismo color malva que la faja. El logotipo del diseñador sugería que el vestido era una creación exclusiva para la hija de su modelo favorita.
Casi todas las niñas que Jacqui conocía, y había conocido a demasiadas, habrían arrugado y manchado una ropa así a los cinco minutos de tenerla puesta. Pero Maisie Talbot no. Parecía una muñeca exquisita. Una de esas piezas de coleccionista que se guardaban en vitrinas de cristal para no ser ensuciadas por dedos pegajosos.
