
Casi todas las niñas se habrían echado a llorar ante la perspectiva de que su madre las dejara a cargo de una desconocida. Pero Maisie permaneció callada y tranquila mientras Selina Talbot la besaba ligeramente en la cabeza y, tras dejar una bolsa blanca de viaje, salía del despacho sin ofrecer la menor muestra de angustia maternal.
Una punzada de compasión por la pequeña traspasó las defensas de Jacqui, seguida por un peligroso impulso de darle un abrazo. Pero entonces los oscuros ojos de Maisie se encontraron con los suyos y, con toda la arrogancia que su madre desplegaba en las pasarelas de París, le advirtieron que no se le ocurriera hacer tal cosa.
– Quiero irme ya. Jacqui -dijo Maisie, habiendo establecido un cordón de seguridad en tomo a su persona. Se dirigió hacia la puerta y esperó a que alguien se la abriera.
Vickie Campbell articuló «por favor» con los labios mientras Maisie pisaba el suelo con impaciencia. Jacqui estuvo a punto de marcharse, pero algo la retuvo. No fue la súplica silenciosa de Vickie, sino la imposibilidad de rechazar a una niña que, a pesar de su fría fachada. Parecía sentirse muy sola.
– Me debes una, Vickie -dijo, rindiéndose al fin.
– Ya lo verás -respondió Vickie con una sonrisa de puro alivio-. Cuando vuelvas, tendrás esperándote el trabajo de tus sueños.
– Pensándolo bien, no me debes nada -replicó Jacqui, y se volvió hacia la niña-. Muy bien, Maisie. Vámonos antes de que le pongan un cepo a mi coche.
– ¿Es éste? -preguntó Maisie, nada impresionada, cuando salieron a la calle y vio un Escarabajo VW.
– Sí, éste es mi coche -afirmó Jacqui, abriendo la puerta. El coche no era precisamente nuevo, pero le tenía mucho cariño.
