
Gino se quedó en silencio y un escalofrío pareció recorrer a los congregados. Ya todos conocían la última «broma» de Vincente Farnese.
El rostro de Rinaldo no reveló sus sentimientos mientras daba un paso adelante para tomar la palabra:
– Mi padre era un hombre que sabía ganarse el amor de los demás. Eso queda probado por la presencia de sus amigos aquí hoy. Es lo que se merece. Y os agradezco a todos que hayáis venido para despediros de él.
Eso fue todo. Parecía como si le hubieran arrancado esas palabras contra su voluntad.
El grupo empezó a disgregarse. Rinaldo miró a Alex un momento y luego se dio la vuelta.
– Espera -dijo Gino, tomándolo del brazo.
– No.
– Tenemos que conocerla queramos o no. Además… es guapísima.
– Estamos en el funeral de papá, Gino. Ten un poco de respeto -lo regañó su hermano.
– A papá no le importaría. Es más, habría sido el primero en piropearla. ¿Habías visto alguna vez una belleza así, Rinaldo?
– ¿Te gusta? Pues me alegro por ti. Así el trabajo te será más fácil.
Gino miró al abogado de la signorina Dacre y le hizo un saludo con la cabeza antes de acercarse.
Alex estaba pendiente de sus movimientos. Gino Farnese era un hombre guapo. Incluso vestido de negro, desprendía alegría. Y no sólo por su edad; esa alegría debía de estar en su naturaleza.
– Gino, esta es la signorina Alexandra Dacre -los presentó Isidoro-. Enrico era su tío abuelo.
– He oído hablar de la señorita Dacre -sonrió él.
– Empiezo a pensar que toda Florencia ha oído hablar de mí -ella le devolvió la sonrisa.
– Toda la Toscana. Esto no pasa todos los días.
– Supongo que no sabía nada -dijo Alex.
– Nada en absoluto hasta que el abogado leyó el testamento -dijo Gino.
