– ¿Recuerdas cuando te lo hacía a ti, Rinaldo? -le preguntaba-. Pero ahora eres un hombre.

Entonces él tenía ocho años y su padre sabía qué decir para que no tuviera celos de su hermano menor.

Su padre… Un hombre que había creído que el mundo era un sitio maravilloso porque tenía un corazón lleno de amor y generosidad.

Su padre, su aliado en un montón de travesuras infantiles.

– No se lo diremos a mamá, no te preocupes.

Pero a esas imágenes las seguía otra, una que él no había visto pero imaginaba: su padre riendose de la broma que le había gastado a sus hijos y, particularmente, a su hijo mayor.

Vincente no vio el peligro, de modo que no hubo advertencia, no hubo ningún aviso. Rinaldo siempre había querido a su padre, pero en aquel momento le resultaba difícil no odiarlo.

La oscuridad empezaba a dejar paso a la luz rosada del amanecer. Había caminado varios kilómetros y era hora de volver para enfrentarse a la mayor pelea de su vida.

Capítulo 2

Rinaldo Farnese por fin apartó los ojos de la mujer que era su mayor enemigo. Había notado, desapasionadamente, que era guapa y sofisticada, un detalle que habría aumentado aún más su ira si hubiera sido posible. Todo en ella confirmaba sus sospechas, desde el cabello rubio al elegante traje de chaqueta.

Había llegado el momento de que familiares y amigos dijesen unas palabras en el funeral. Eran muchos porque Vincente Farnese había sido una persona muy querida. Algunos eran personas mayores, compañeros de juerga, que se pasaban el día bajo el sol de la Toscana, bebiendo y recordando los buenos tiempos.

Había también mujeres maduras, con muchas de las cuales su padre mantuvo algún tipo de relación.

Y, por fin, estaban sus hijos. Gino habló, emocionado, recordando la alegría de su padre, su buen carácter:

– Tuvo una vida dura, trabajando muchas horas para que su familia prosperase. Pero eso nunca lo amargó. Y hasta el final de sus días, nada le gustó más que una buena broma.



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