– Para nada. Además, quiero darle a los Farnese la oportunidad de pagar la parte que me corresponde.

– Sí, claro, lo entiendo. En fin, tómate el tiempo que haga falta.

Alex había sonreído, agradeciendo que fuera tan comprensivo. Así las cosas serían más fáciles.

– No conoces mucho a tus parientes italianos, ¿verdad? -le preguntó David entonces.

– Enrico Mori era tío de mi madre. Vino a visitarnos un par de veces… Era un hombre muy emocional y muy nervioso, como ella.

– Y al contrario que tú.

Alex sonrió.

– Yo no puedo permitirme el lujo de ser nerviosa y emocional. La experta en melodramas era mi madre. Yo la adoraba, pero supongo que, por contraste, decidí tener sentido común. Una de las dos tenía que ser calmada y fría. Recuerdo que mi tío Enrico decía: «eres igual que tu padre». Y no era un cumplido.

– ¿Por qué?

– Mi padre murió cuando yo tenía diez años, pero jamás lo oí gritar o perder los nervios. Y eso no pega mucho con el carácter italiano.

– Tú tampoco pierdes los nervios.

– ¿Para qué? Es mejor hablar las cosas con tranquilidad. Mi madre solía decir que un día iríamos a Italia juntas y yo «vería la luz». Incluso me obligó a estudiar italiano para que no me sintiera perdida cuando visitáramos «mi otro país».

– Pero no fuisteis nunca.

– No, desgraciadamente no -suspiró Alex-. Cuando murió, hace tres años, mi tío vino al funeral.

– ¿Tú eres la única heredera de Enrico Mori?

– No, tengo unos primos que han heredado su casa y sus tierras. Era un solterón muy rico y se dedicaba a pasarlo en grande en Florencia, bebiendo y persiguiendo mujeres.

– Entonces, ¿de dónde viene tu relación con Vincente Farnese?

– Enrico y él eran viejos amigos. Hace unos años, Vincente le pidió dinero prestado a Enrico y puso como aval Belluna, su granja. Pero la semana pasada se fueron de copas… y tuvieron el accidente donde murieron los dos.



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