
– ¿Y sus hijos no tenían ni idea de que la granja estaba hipotecada?
– Aparentemente, lo supieron al leer el testamento.
– Entonces, te vas a meter en la boca del lobo. Ten mucho cuidado, Alex -la había prevenido David.
– No creerás que van a asesinarme, ¿verdad? -rió ella-. Iré a Florencia, llegaré a un acuerdo con los hermanos Farnese y volveré a casa.
– Pero si no pueden reunir el dinero y tú vendes la granja a un tercero… ¿cómo crees que van a tomárselo?
– No seas melodramático, David. Seguro que son gente razonable, como yo. Se arreglará de alguna forma.
– ¿Razonables? -exclamó Rinaldo-. ¿Nuestro padre hipotecó la granja sin decírnoslo y su abogado quiere que seamos razonables?
Gino suspiró.
– Sigo sin entenderlo. ¿Cómo es posible que papá mantuviera eso en secreto?
– No lo sé.
Estaba atardeciendo. Rinaldo, al lado de la ventana, miraba las colinas y los campos, la tierra que había cultivado con sus propias manos. Su tierra. La que querían arrebatarle.
– Tú y yo somos los propietarios legítimos de estas tierras. Esa mujer no puede hacer nada -suspiró Gino.
– Si no le pagamos, puede hacerlo -replicó su hermano-. Si no recibe el dinero, podría reclamar un tercio de la propiedad. Papá nunca pagó los plazos, así que debemos la cantidad completa, más intereses.
– Sí, bueno, pero la verdad es que nosotros nos hemos aprovechado de ese dinero. Hemos pagado la maquinaria, los nuevos tractores, las nóminas de los trabajadores, los fertilizantes… Todo eso ha costado una fortuna. Y papá nos dijo que le había tocado la lotería… ¡Qué ingenuos hemos sido!
– Desde luego -dijo Rinaldo, furioso-. Eso es lo que me duele, que nos hayamos enterado después de su muerte. Aunque supongo que no podemos culparlo. El no sabía que iba a morir de repente.
– No, claro -murmuró Gino, entristecido.
– ¿Sabemos algo de esa mujer, además de que es inglesa?
