– Según su abogado, se llama Alexandra Dacre. Tiene veintitantos años, trabaja en una firma dedicada a la administración de empresas y vive en Londres.

– Lo único que le importa es el dinero -suspiró Rinaldo, apretando los dientes-. Y tenemos que librarnos de ella.

Gino se levantó de un salto.

– ¿Cómo? Rinaldo, por favor… -dijo con incredulidad.

En ese momento, habría podido creer que su hermano era capaz de cualquier cosa.

– Cálmate, Gino. No pienso matarla. No digo que la idea no me parezca atractiva, pero no me refería a eso. Quiero solucionar este asunto legalmente.

– Entonces, tendremos que pagarle.

– ¿Cómo? Hemos invertido el dinero en la granja y tenemos la cuenta en números rojos. Un préstamo nos arruinaría.

– ¿Tu abogado te ha dado alguna idea?

– Yo creo que se ha vuelto loco. Como Alexandra es soltera, se le ha ocurrido que uno de los dos podría casarse con ella.

– ¡Eso es! -exclamó Gino-. Sería perfecto, Rinaldo. Así se acabarían los problemas. ¿Tú crees que vendrá al funeral de papá?

– Espero que no se atreva. Venga, vamos a comer. Teresa nos ha llamado hace rato.

Encontraron a Teresa, la vieja ama de llaves, poniendo la mesa en la cocina. Mientras lo hacía, no dejaba de llorar. Llevaba así desde la trágica muerte de Vincente.

Rinaldo no tenía apetito, pero no podía decirlo porque Teresa se llevaría un disgusto.

– Venga, anímate. Ya sabes cómo odiaba mi padre las caras largas.

– Siempre riéndose -asintió la mujer-. Aunque la cosecha fuese mala, siempre encontraba algo de qué reírse. Era un hombre estupendo.

– Sí, es verdad. Y así debemos recordarlo.

– Debería estar aquí -dijo Teresa entonces, secándose las lágrimas con un pañuelo-. Contando chistes, haciendo bromas. ¿Os acordáis de las bromas pesadas que solía gastar?

Gino abrazó a la mujer. Era un hombre joven, muy cariñoso, un hombre querido en todas partes.



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