
Cuando Rinaldo salió a la terraza, el ama de llaves lo miró con tristeza.
– Ha perdido a tantos seres queridos… Y cada vez está más sombrío, más amargado.
Gino asintió. Teresa hablaba de Maria, la esposa de su hermano, y de su hijo, ambos fallecidos dieciocho meses después de la boda.
– Si hubiera vivido, el niño tendría ahora diez años. Y seguramente habría tenido más hijos. Esta casa habría estado llena de niños y yo tendría sobrinos a los que abrazar en lugar de…
Gino miró alrededor. Aquella casa era demasiado grande para las tres personas que la compartían.
– Ahora sólo te tiene a ti -dijo Teresa.
– Y a ti. Y a ese chucho… A veces creo que Brutus significa más para él que cualquier ser humano, porque era el perro de Maria. El pobre Rinaldo es tan posesivo con la granja porque no tiene nada más…
– No, es verdad -suspiró Teresa, sonándose la nariz.
– Espero que la signorina Dacre tenga carácter, porque va a necesitarlo.
Rinaldo volvió entonces con Brutus, un mastín de cara simpática y patas enormes que, sin hacer caso de la expresión de Teresa, se colocó bajo la mesa, a los pies de su amo.
El ama de llaves sirvió la comida, pasta con champiñones, y Gino comió con apetito.
– Entonces, uno de los dos tiene que casarse con la inglesita.
– Cuando dices «uno de los dos» te refieres a mí, claro -protestó Rinaldo-. Tú no quieres casarte. Además, si se dedica al mundo empresarial, debe de tener una mente ordenada, y eso te volvería loco.
– Entonces, cásate tú con ella -sonrió Gino.
– No, gracias.
– Pero tú eres el cabeza de familia. Es tu obligación. Oye… ¿qué haces con el vino?
– Voy a tirártelo encima si no te callas.
– Pero tenemos que hacer algo, hombre. Tenemos que trazar un plan.
Rinaldo dejó el vaso de vino sobre la mesa, sonriendo. Gino podía ser un frívolo a veces, pero su alegría era contagiosa.
