
– Entonces ponte a trabajar, enamórala -dijo Rinaldo.
– Yo tengo una idea mejor. ¿Por qué no lo echamos a suertes?
– ¡Por favor! -murmuró Rinaldo.
– Lo digo en serio. Dejemos que decida el destino.
– De eso nada.
– Venga, ¿cara o cruz? -rió Gino, sacando una moneda del bolsillo.
– Lo qué te dé la gana -suspiró su hermano.
– Yo pido cara.
– Ah, entonces me dejas muchas opciones.
Gino tiró la moneda al aire y la aplastó contra la mesa.
– ¡Cruz! ¡La signorina Dacre es para ti!
– Lo siento, no estoy interesado. Puedes quedártela.
Rinaldo se levantó antes de que su hermano pudiera replicar. Estaba cansado.
Gino era joven, podía dormir a pierna suelta a pesar de todo. Él no recordaba cuándo fue la última vez que durmió de un tirón.
Cuando la casa estuvo en silencio, salió al porche, iluminado por la luna.
Aquella era la tierra que había trabajado toda su vida. Allí, sobre esa tierra, se había tumbado una vez con una chica que olía a flores, susurrándole palabras de amor.
– Pronto llegará el día de nuestra boda, amor mío. Ven a mí, sé mía para siempre.
Y ella había aceptado con pasión y ternura, generosa, sin esconder nada, entregándole su cuerpo joven y hermoso.
Pero por tan poco tiempo…
Sólo había pasado un año y seis meses desde la boda hasta el día que tuvo que enterrar juntos a su esposa y a su hijo.
Y su corazón con ellos.
Rinaldo comenzó a andar. Podría haber hecho ese camino con los ojos cerrados. Cada centímetro de aquellas tierras era parte de su ser. Conocía sus cambios de humor, a veces brutales, trágicos, a veces generosos con la cosecha, pero casi siempre exigiendo a cambio un precio cruel.
Hasta aquel día había pagado el precio, no siempre de buena gana, a veces angustiado, amargado.
Y ahora aquello.
Rinaldo perdió la noción del tiempo. Veía a su padre, Vincente, riéndose mientras lanzaba a Gino al aire.
