– Mi abuelo nunca fue un egocéntrico -concedí-. Pero tampoco pecaba de exceso de modestia. Nunca ocultó los honores que mereció.

– Mac merecía este honor, pero no estaba orgulloso de lo que había hecho para merecerlo -dijo Leibovitz con un suspiro de tristeza-. Tal vez sepa que al principio de la guerra era un objetor de conciencia.

– No, no lo sabía.

– Hace muchos años, Mark, su abuelo vino a consultarme sobre un problema que lo perturbaba. Había consultado a su pastor cristiano, pero él no había sabido comprenderlo. El pastor le dijo que era un héroe, que no tenía motivos para sentir vergüenza. Mac trató de asumir el problema, pero al fin y al cabo vino a verme.

– ¿Por qué a usted?

– Porque soy judío. Pensó que eso me permitiría desentrañar mejor el problema y ayudarlo a aliviar su alma.

Tragué saliva.

– ¿Lo hizo usted?

– Lo intenté. Hice lo mejor que pude, y durante varios años. Y él me lo agradeció. Pero nunca lo conseguí del todo. Su abuelo se llevó ese fardo a la tumba.

– Diablos, ahora sí que no puede ocultarme nada. ¿Qué hizo que fue tan terrible? ¿Y cuándo? Me dijo que pasó toda la guerra en Inglaterra.

Los ojos de Leibovitz se fijaron en un punto remoto del espacio.

– Es verdad que pasó casi toda la guerra alli… era investigador en Oxford. Pero durante dos breves semanas su abuelo viajó bastante. Y sus viajes lo llevaron por fin a un lugar que sospecho se habrá parecido bastante al infierno terrenal.

– ¿Dónde?



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