
Sostenido por dos enfermeras, alcanzó a pedir por teléfono que viniera el MedStar desde Atlanta, a sesenta kilómetros. Mi abuela quiso acompañarlo en el helicóptero y el piloto accedió con renuencia. No suelen permitir acompañantes en los vuelos, pero casi toda la comunidad médica de Georgia lo conocía personalmente o de nombre: como especialista en pulmón, mi abuelo era un profesional discreto, pero eminente y respetado. Además, no he conocido al hombre capaz de contradecir a mi abuela. Jamás.
Veinte minutos después, el MedStar cayó a tierra sobre una calle solitaria de los suburbios de Atlanta. Sucedió hace cuatro días y hasta el momento no se ha podido determinar la causa del accidente. Pura mala suerte, digo yo. Otros lo llaman error humano. No pienso hacer juicio. No somos -mejor dicho, no éramos- esa clase de familia.
La muerte de mis abuelos fue un golpe durísimo para mí porque me criaron desde que tenía cinco años. Mis padres murieron en un accidente de tránsito en 1970. Me parece que he visto más tragedias que el común de la gente, y todavía lo hago. La veo día y noche en la sala de guardia, con su reguero de sangre y cocaína, aliento a alcohol, piel quemada y chicos muertos. Bueno, así es la vida. El motivo para escribir todo esto es lo que sucedió en el entierro; mejor dicho, la persona a quien conocí en el entierro. Porque fue allí, en un lugar donde reina la muerte, donde la vida secreta de mi abuelo salió por fin a la luz.
