Los asistentes al entierro -bastante numerosos por tratarse de una población pequeña y mayoritariamente protestante- ya se dispersaban en dirección a la larga hilera de majestuosos Lincolns y llamativos coches japoneses. Yo seguía de pie sobre el césped junto a las tumbas, dos fosas paralelas que olían a tierra removida. Dos sepultureros aguardaban el momento de echar la tierra sobre los brillantes ataúdes plateados. No demostraban impaciencia; alguna vez mi abuelo había tratado a ambos. Uno de ellos -un tipo flaco llamado Crenshaw-decía que mi abuelo lo había traído al mundo.

– Ya no quedan médicos como tu abuelo, Mark -afirmó-. O tal vez debería tratarte de doctor -añadió con una sonrisa-. No me acostumbro a llamarte así. No te ofendas, pero todavía recuerdo la medianoche que te sorprendí acá con la hija de Clark.

Sonreí a mi vez. Era un recuerdo grato. La verdad es que yo tampoco me acostumbro al tratamiento. Doctor Mark McConnell. Ya sé que soy médico, y de primera, pero cuando estoy, estaba, junto a mi abuelo me sentía como un aprendiz, un estudiante aventajado pero inexperto a la sombra de un maestro. Pensaba en eso cuando sentí un tirón en la manga de mi saco.

– Buenas tardes, rabino -dijo el sepulturero a un hombre a mi espalda.

– Shalom, señor Crenshaw -contestó una voz grave y venerable.

Me volví para encontrarme con un anciano encorvado, de aspecto bondadoso y pelo blanco como la nieve cubierto por un yármulke. Sus ojos alegres me miraron de arriba abajo.

– La imagen viva del abuelo -murmuró-. Aunque usted es un poco más robusto que Mac.



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