
La pose de David revelaba su disgusto al entrar en ese terreno.
– Escucha, una vez juré que jamás volvería a discutir contigo sobre estos temas. Papá era igual. El Sermón de la Montaña contra la ametralladora. Gandhi contra Hitler. La resistencia pasiva no vencerá a Alemania, Mark. A los nazis Les importa un carajo. Si les ofreces la otra mejilla, los hijos de puta te la cortan. ¿Quién carajo bombardeó a papá con gas?
– Baja la voz.
– Bueno, está bien. No me gusta esta discusión. -El joven piloto se rascó el mentón donde ya crecía la pelusa. Estaba sumido en sus pensamientos. -Bueno, déjame hablar, ¿sí? En casa todos te llaman Mac. Desde siempre.
– ¿Y eso qué tiene que ver?
– Espera y verás. A mí me llaman David, ¿no? O Dave, o Slick. ¿Por qué te llaman Mac?
Se encogió de hombros:
– Será porque soy el mayor.
– No. Te llaman así porque eres igual a papá cuando era chico.
Mark se agitó, inquieto.
– Puede ser.
– Puede ser, no: es. Lo que tú no sabes o no quieres saber es que todavía actúas como él.
Mark se crispó.
– Nuestro padre, ese gran médico, pasó la mayor parte de su vida dentro de la casa. Escondido.
