– Los genes de mi abuela -respondí, un poco avergonzado porque el me conocía y yo a él no.

– Efectivamente -asintió el viejo-. Efectivamente. Y qué mujer tan hermosa.

De pronto lo identifiqué.

– Rabino Leibovitz, si no me equivoco.

El anciano sonrió:

– Tiene buena memoria, doctor. Hacía mucho que no nos veíamos de cerca.

La voz suave del viejo tenía cierta musicalidad, como si los años de palabras reconfortantes y racionales le hubieran limado todas las asperezas. Asentí nuevamente y los sepultureros se agitaron, impacientes.

– Bien, creo que ya deberíamos…

– Déme la pala -dijo el rabino Leibovitz a Crenshaw.

– Pero, rabino, usted no debería esforzarse.

El rabino tomó la pala de manos del sepulturero atónito y la hundió en la tierra blanda.

– Esta tarea corresponde a los amigos y parientes del hombre – declaró-. ¿Doctor? -Me miró.

Tomé la pala del otro sepulturero y seguí su ejemplo.

– Buenas tardes, Mark -murmuró Crenshaw, desconcertado. Se alejó con su compañero hacia una camioneta desvencijada que los aguardaba a una distancia discreta.

Arrojé paladas de tierra a la tumba de mi abuela mientras el rabino Leibovitz se ocupaba de la otra. Hacía calor -el calor típico del verano de Georgia- y en poco tiempo estuve empapado de sudor. A medida que la tumba se llenaba de tierra, advertí sorprendido que la tarea era la más reconfortante que realizaba desde que recibí la noticia de la muerte de mis abuelos, y mucho más que cualquier palabra de consuelo. Al echar una mirada al viejo vi que le llevaba muy poca ventaja. Reanudé mi tarea con vigor.



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