
Cuando terminé de cubrir la tumba de mi abuela, fui a darle una mano al rabino Leibovitz. Juntos terminamos de llenar la de mi abuelo en pocos minutos. El rabino dejó la pala en el suelo, se volvió hacia la tumba y rezó en voz baja. Lo acompañé en silencio, sin soltar la mía. Luego, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, nos dirigimos hacia la estrecha cinta de asfalto donde había estacionado mi Saab negro.
No había otros autos a la vista. El cementerio estaba a tres kilómetros largos del centro del pueblo.
– ¿Vino caminando, rabino? -pregunté.
– Un buen cristiano me recogió por el camino -respondió-. Esperaba volver con usted.
Aunque sorprendido, murmuré un "claro, con mucho gusto".
Le abrí la portezuela, luego ocupé mi lugar al volante. El motor sueco ronroneó suavemente.
– ¿A dónde lo llevo? -pregunté-. ¿Todavía vive en frente de la sinagoga?
– Sí, pero quería ir a la casa de sus abuelos. ¿Se aloja ahí mientras permanece en el pueblo?
– Sí -confesé-. Así es. -Lo miré con curiosidad. Entonces me embargó una sensación conocida. Conozco esa clase de situación. Hay gente que se siente molesta cuando debe describir síntomas graves en el consultorio del médico. -¿Hay algo que quiere decirme, rabino? -pregunté suavemente-. ¿Quiere consultar a un médico?
– No, no. Gracias a Dios, estoy bastante bien para un hombre de mi edad. Se trata de usted, Mark. Hay algo que su abuelo quería decirle… cuando llegara el momento. Pero tengo la impresión de que nunca llegó a decírselo.
– ¿A qué se refiere?
