
– A lo que hizo su abuelo durante la guerra, Mark. ¿Alguna vez le habló sobre eso?
Me di cuenta de que me ruborizaba.
– No. Lo único que llegó a decir alguna vez fue, "cumplí con mi deber cuando hizo falta".
– Típico de Mac.
– Tampoco le dijo nada a mi abuela -confesé para mi propia sorpresa-. Ella me lo dijo… y también que se sentía mal por eso. Era como un vacío en nuestras vidas. Un hueco pequeño, pero real. Como un agujero negro, ¿entiende?
El rabino Leibovitz asintió:
– Un gran agujero negro, Mark. Y creo que ha llegado el momento de que alguien le eche un poco de luz.
***
Quince minutos después nos encontrábamos en el escritorio de la casa de mis abuelos. Tres generaciones de médicos habían crecido en ese gran chalé de paredes de madera. Mirábamos la caja fuerte de acero a prueba de fuego donde mi abuelo siempre guardaba sus papeles.
– ¿Conoce la combinación? -preguntó el rabino.
Meneé la cabeza. Sacó la billetera del bolsillo trasero y hurgó en ella hasta encontrar lo que buscaba: una tarjeta blanca de presentación, la de mi abuelo. Leyó una serie de números escritos en el revés y me miró expectante.
– Un momento, rabino -dije, ya bastante desconcertado-. Me parece que no entiendo nada. Es decir, yo sé que usted y mi abuelo se conocían, pero no que eran amigos íntimos. Francamente, no sé qué pueda haber en esa caja fuerte que sea asunto suyo. -Hice una pausa.- Salvo que… hubiera legado algo a la sinagoga. ¿Es eso?
Leibovitz rió.
– Es tan suspicaz como su abuelo, Mark. No, el dinero no tiene nada que ver. La verdad, me parece que Mac no había guardado mucho. Quedaba el seguro de vida, unos cincuenta mil dólares. Donó casi todo su dinero.
