
Lo miré de reojo:
– ¿Cómo lo sabe?
– Su abuelo y yo éramos mucho más que conocidos, Mark. Éramos amigos íntimos. Estoy enterado porque donó mucho dinero a la sinagoga. Cuando usted se recibió de médico, decidió que podría valerse por sí mismo. Y también su abuela, si él moría antes que ella. La casa era suya y pasará a usted. En cuanto al dinero que me daba, yo debía usarlo para ayudar a judíos perseguidos que querían emigrar a Israel. -Leibovitz alzó las palmas encallecidas.- Todo esto tiene que ver con la guerra. Con lo que hizo Mac durante la guerra. Si abre la caja fuerte, todo será mucho más claro.
Era difícil negarse a un pedido de esa voz franca y racional.
– De acuerdo. -Sabía que me manipulaba, pero todas mis defensas estaban vencidas. -Léame la combinación otra vez.
A medida que Leibovitz leía los números, fui girando el dial de la caja fuerte hasta que oí un chasquido, y entonces abrí la pesada puerta. Lo primero que vi fue una pila de papeles. Tal como supuse, eran documentos legales: títulos de propiedad de los dos autos, la casa, una vieja hipoteca.
– ¿Hay una caja? -preguntó el rabino-. Es chata, no muy grande.
Hurgué cuidadosamente entre los papeles. Efectivamente, casi en el fondo de la pila mis dedos palparon una caja chata de madera. La saqué. Era de pino común, cuadrada, de unos quince centímetros de lado.
– Ábrala -ordenó Leibovitz.
Lo miré por sobre mi hombro, luego alcé la tapa. Un objeto de metal bruñido lanzó un destello.
– ¿Qué es eso? -pregunté.
