
– La Victoria Cross. La condecoración más codiciada del Imperio Británico. ¿Ha oído hablar de ella?
– La Victoria Cross… la condecoración que le dan a Michael Caine en Zulú.
Leibovitz meneó la cabeza con tristeza.
– La televisión -murmuró-. Sí, la otorgaron a un puñado de ingleses que rechazaron a un enorme ejército zulú en Rorke's Drift, en Sudáfrica.
La alcé tímidamente para mirarla a la luz. Era de bronce y pendía de una cinta escarlata. En el centro de la cruz había un león rampante sobre una corona. Bajo la corona estaban grabadas las palabras:
AL VALOR.
El rabino Leibovitz alzó la voz como si se dirigiera a sus feligreses:
– La lista de condecorados con la VC constituye la nómina más ilustre de la historia militar de Inglaterra, Mark. Para el público, sólo se han otorgado mil trescientas cincuenta desde que la reina Victoria la instituyó en 1856. Pero existe otra lista, mucho más reducida, que sólo conocen el monarca y el primer ministro. La llaman la Lista Secreta, y contiene los nombres de aquellos que realizaron actos incomparables de arrojo y abnegación frente al enemigo, pero de un carácter tan delicado que jamás se los puede revelar. -Tomó aliento antes de proseguir:- El nombre de su abuelo está en la lista, Mark.
Me enderecé, atónito:
– Es imposible. Jamás me habló de nada por el estilo.
El viejo rabino sonrió con paciencia:
– Era la responsabilidad que acompañaba a la condecoración. Jamás la podía usar en público. Supongo que se la otorgaba en secreto para que en lo más oscuro de la noche, pasados los años de gloria, hombres como su abuelo pudieran ratificar que sus… sacrificios no eran olvidados. Claro que no cualquier hombre es capaz de ocultar tanta gloria -añadió pensativo.
