
Tenía que huir de la traicionera oscuridad. Así que mientras el tirador recargaba, alcé mi improvisado escudo y corrí hacia las brillantes luces del Distrito Odeón.
Fue un movimiento arriesgado.
El lugar estaba atestado de archis cenando en los cafés o paseando por los alrededores de los teatros de buen gusto. Las parejas caminaban tomadas del brazo por el embarcadero, disfrutando de la brisa de la ribera del río. Sólo se podía ver a unos cuantos coloreados como yo, la mayoría sirviendo a sus superiores de piel blanda en mesas bajo toldos.
No iba a ser bienvenido en esta zona, donde acuden los propietarios a disfrutar de sus largas y sensuales vidas. Pero si me quedaba en los callejones me convertiría en comida para peces por obra y gracia de mi propia especie. Así que corrí el riesgo.
«Maldición, está abarrotado», pensé mientras atravesaba la plaza, evitando rozarme con alguno de los archis.
Aunque mi expresión era seria (como si tuviera un motivo legítimo para estar allí), debía destacar como un pato entre cisnes, y no sólo por el color de mi piel. Mi ropa de papel rasgada llamaba la atención. En cualquier caso, es difícil moverse delicadamente mientras colocas la tapa de un contenedor de basura entre tus órganos vitales y el callejón que tienes a la espalda.
Un brusco golpe alcanzó de nuevo el plástico. Al mirar atrás, vi a una figura amarillenta bajar su honda para cargar otra piedra. Formas furtivas asomaban desde las sombras, debatiendo cómo alcanzarme.
Me interné en la multitud. ¿Seguirían disparando y se arriesgarían a alcanzar a una persona real?
Un instinto ancestral (impreso en mi cuerpo de barro por aquel que me creó) me gritaba que corriera. Pero ahora me enfrentaba a otros peligros, surgidos de los seres humanos arquetipo que me rodeaban. Así que traté de comportarme con toda la cortesía estándar, inclinándome y dejando paso a las parejas que no querían apartarse o aminorar el paso para un simple ídem.
