Tuve un minuto o dos de falsas esperanzas. Las mujeres, sobre todo, miraban más allá de mí, como si no existiera. La mayoría de los hombres se mostraban más asombrados que hostiles. Un tipo sorprendido incluso me dejó paso, como si yo fuera real. Le devolví la sonrisa. «Haré lo mismo por tu ídem algún día, amigo.»

Pero el tipo siguiente no se quedó satisfecho cuando le di prioridad de paso. Su codo me golpeó con fuerza, al pasar, y sus ojos claros chispearon, desafiándome a quejarme.

Encogiéndome, forcé una sonrisa de disculpa y me aparté para que el archi continuara su camino mientras intentaba concentrarme en un recuerdo agradable. «Piensa en el desayuno, Albea.» Los agradables aromas del café y los panecillos recién horneados. Simples placeres que tal vez volviera a disfrutar, si sobrevivía a la noche.

«Los volveré a probar —dijo una voz interior—. Aunque este cuerpo no lo consiga.»

«Sí —fue la respuesta—. Pero ése no seré yo. No exactamente.» Me sacudí la vieja duda existencial. De todas formas, un rox utilitario barato como yo no tiene olfato. En ese momento, apenas podía comprender el concepto.

El tipo de los ojos azules se encogió de hombros y se dio la vuelta. Pero un segundo después, algo golpeó el pavimento cerca de mi pie izquierdo y rebotó por toda la plaza.

¡Beta tenía que estar desesperado para lanzarme piedras en medio de una multitud de ciudadanos reales! La gente miró. Algunos ojos se centraron en mí.

«Y pensar que esta mañana empezó tan bien.»

Traté de darme prisa, y conseguí avanzar unos cuantos metros más antes de que me detuviera un trío de archis jóvenes y bien vestidos que me bloquearon adrede el paso.

— ¿Habéis visto a este mulo? —dijo el alto.

Otro, con piel translúcida a la moda y ojos rojizos, me señaló con un dedo.



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