
Las barreras policiales se suprimieron justo a tiempo para la hora punta, cuando los grandes dinobuses y los trolis voladores empezaban a escupir sus cargas: grises golems de oficina; trabajadores de fábrica verdes y naranja, más baratos; enjambres de desechables a rayas, como caramelos, y un puñado de otros tipos. Los que entraron en el Teller Plaza contemplaron boquiabiertos las paredes dañadas. Los grises llamaron a sus servicios de noticias para que les dieran resúmenes de la lucha. Varios nos señalaron a Blane y a mí, almacenando algunos recuerdos poco habituales para llevárselos a casa a sus archis al final del día.
La mujer policía acorazada se acercó a Blane con una valoración preliminar de los costes. Wammaker tenía razón en lo de los deberes y responsabilidades. La AST tendría que pagar la mayor parte de la factura… al menos hasta el día en que finalmente pillemos a Beta y lo obliguemos a un reconocimiento. Cuando eso suceda, Blane sólo puede esperar que Beta tenga unos bolsillos bien grandes para hacer frente a sus obligaciones. Lo suficientemente grandes para que la AST pueda hacer frente a los gastos punitivos.
Blane me invitó a bajar al sótano e inspeccionar las instalaciones de copias pirata. Pero yo ya había visto el lugar. Hacía tan sólo unas horas que «yo» había estado allí abajo soportando que mi piel de cerámica recibiera los golpes de algunos de los soldados de terracota de Beta. De cualquier manera, la AST tenía contratados a una docena de analistas ébano que estaban mucho mejor equipados para encargarse del fino rastreo, usando sentidos especializados para buscar pistas en cadahueco y partícula, con la esperanza de descubrir el nombre real y el paradero de Beta.
«Como si fuera a servir para algo —pensé, saliendo a tomar un poco de aire fresco—. Beta es un marrullero hijo de puta. Llevo años persiguiéndolo y siempre se escapa.»
La policía no era de mucha ayuda, desde luego.
