
— ¡Eh, ídem! ¿A qué tanta prisa? ¡No puedes seguir creyendo todavía en la otra vida! ¿Quién va a querer que vuelvas, con esa pinta que llevas?
Sabía el aspecto que debía tener. La banda de Beta me había dado una buena antes de que consiguiera escapar. De todas formas, sólo me quedaban una hora o dos para la expiración y mi pseudocarne resquebrajada mostraba claros signos de deterioro enzimático. El albino se rió de la tapa que yo usaba como escudo. Olisqueó con fuerza, arrugando la nariz.
—Además huele mal. Como a basura. Me está quitando el apetito. ¡Eh! A lo mejor tenemos motivos suficientes para presentar una demanda civil, ¿no os parece?
—Sí. ¿Qué te parece, golem? —se mofó el alto—. Danos el código de tu dueño. ¡Nos va a pagar la cena!
Yo alcé una mano, intentando aplacarlos.
—Vamos, amigos. Estoy haciendo un recado urgente para mi original. Tengo que llegar a casa, de verdad. Estoy seguro de que os fastidia que vuestros ídems estén lejos de vosotros.
Más allá del trío, pude ver el bullicio y el ruido de la calle Upas. Si conseguía llegar a la parada de taxis, o incluso al puesto de policía de la avenida Defense… Por una pequeña tarifa proporcionaban asilo refrigerado, hasta que mi dueño viniera por mí.
—Urgente, ¿eh? —dijo el alto—. Si tu amo todavía te quiere en este estado, apuesto a que pagará por recuperarte, ¿eh?
El último adolescente, un tipo fornido de piel marrón oscuro y el pelo muy corto, parecía más compasivo.
—Ah, dejad en paz al pobre verde. Se le notan las ganas que tiene de llegar a casa y desembuchar. Si lo detenemos, su dueño puede demandarnos a nosotros.
Una amenaza inquietante. Incluso el albino vaciló, como si estuviera a punto de echarse atrás.
Entonces el tirador de Beta volvió a disparar desde el callejón, golpeándome en el muslo por debajo de la tapa de plástico.
