Dos de los adolescentes se apartaron, con aspecto inseguro. Aumenté la presión.

— ¡Si no me dejáis seguir con el negocio de mi propietario, cursará una demanda por obstrucción a un comercio legal!

Estábamos atrayendo a una multitud. Eso podría refrenar al grupo de Beta, pero el tiempo no corría de mi parte.

Lástima, el tercer chico (el de la piel artificialmente translúcida) no se dejó amilanar. Golpeó su pantalla de muñeca.

—Giga. Tengo suficiente zumo en el banco para cubrir una multa de sangre. Si vamos a pagarle al dueño de este id, démonos el gusto de desconectarlo a lo grande.

Me agarró por el brazo, retorciéndolo con la fuerza de músculos bien desarrollados: músculos de verdad, no mis anémicas imitaciones. La presa dolió, pero peor fue saber que me había pasado de listo. Si me hubiera callado la boca, tal vez me habrían dejado marchar. Ahora los datos de mi cerebro se perderían y Beta ganaría de todos modos.

El joven cerró el puño dramáticamente, luciéndose ante la multitud. Pretendía romperme el cuello de un golpe.

— ¡Suelta a esa pobre cosa! —murmuró alguien. Pero un contingente mucho más ruidoso le animó.

Justo entonces un estruendo sacudió la plaza. Unas voces maldijeron con fuerza. Los peatones se volvieron a mirar un restaurante cercano, donde los comensales de una mesa al aire libre se apartaban de un estropicio de líquido derramado y vasos rotos. Un camarero de piel verde soltó su bandeja y murmuró unas disculpas, usando una bayeta para quitar los brillantes añicos de los indignados clientes. Entonces resbaló, llevándose consigo a uno de los furiosos parroquianos en una espectacular caída. La multitud estalló en carcajadas mientras el idmaitre del restaurante salía corriendo, echaba una bronca al verde y pretendía pedir disculpas a los manchados clientes.

Durante un instante no me miró nadie excepto el albino, que parecía molesto por haber perdido a su público.



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