
El camarero se levantó, y siguió frotando a los archis con un trapo empapado.
Durante un momento la cabeza del verde miró brevemente en mi dirección. Su rápido gesto significaba: «Aprovecha tu oportunidad y lárgate de aquí.»
No me hizo falta nada más. Me metí la mano libre en el bolsillo y saque una fina tarjeta, en apariencia un disco de crédito estándar. Pero apretándola así una luz plateada surgía por uno de los bordes, emitiendo un zumbido estridente.
Los ojos rosáceos del albino se abrieron como platos. Se supone que los ídems no pueden llevar armas, sobre todo armas ilegales. Pero lo que vio no lo asustó. Me apretó con más fuerza y supe que estaba en manos de un deportista, un jugador, dispuesto incluso a arriesgar su carnerreal a cambio de algo nuevo. Una experiencia.
La presa sobre mi brazo se intensificó. «Te desafío», decía su mirada de rata.
Así que lo complací, golpeando con fuerza. La chisporroteante hoja cortó sin resistencia la piel.
Durante un instante, el dolor y la furia parecieron llenar el espacio entre nosotros. ¿Su dolor o el mío? Su furia y su sorpresa, desde luego… y sin embargo hubo una fracción de segundo en que me sentí unido al duro joven por una oleada de empatía. Una abrumadora conexión con mi angst adolescente. Con el orgullo herido. La agonía de ser un alma aislada entre miles de millones de almas solitarias.
La vacilación podría haberme costado cara si hubiera durado más de un segundo. Pero mientras él abría la boca para gritar, yo me giré y escapé, abriéndome paso por entre la multitud, seguido por los gritos de furia del joven, que agitaba un muñón ensangrentado.
Mi muñón ensangrentado. Mi mano desmembrada se agitó espasmódicamente ante su rostro hasta que él retrocedió y la dejó caer, lleno de repugnancia.
Al mirar hacia atrás vi también a dos de los amarillos de Beta que se internaban entre los perturbados archis, empujando impertinentemente a algunos mientras cargaban piedras en sus catapultas de muñeca, preparándose para dispararme. Con toda aquella confusión no les preocupaban los testigos, ni las multas por desobediencia civil. Tenían que impedirme que entregara lo que sabía.
