
Ese canguelo de estirar la pata lo tenía ya cuando era chico, antes de que me metieran en el hospicio y cuando hacía recados para el señor Kleinschmidt, el lechero de la Davidstrasse. Siempre corría bajo los faroles armando ruido con mis botellas, porque tenía una idea estúpida en la cabeza. Si me dejaba atrapar por la oscuridad, el hombre del cuchillo vendría a clavármelo. -Se hincó de rodillas y nos miró a todos sucesivamente. Después, prosiguió en voz baja-: Dulce Jesús, hijo de María, cuanto miedo tenía. Recuerdo sobre todo una puerta en el extremo de la calle Bernhard Nocht. Había que atravesar un pasillo largo y estrecho antes de llegar a la escalera, y en cada planta había largos pasillos por los que se llegaba a las viviendas. En todas partes había vagabundos dormidos. A menudo, tropezaba con ellos. Evidentemente, tenía una prisa endiablada, como todos los repartidores de leche. Algo me decía que el hombre del cuchillo estaba entre los mendigos. Y tenía razón. Lo comprendí cuando me metieron en el hospicio. En aquella maldita jaula encontré a un fulano. Su hermana había sido despanzurrada por un vagabundo exactamente en aquel número de la calle Bernhard Nocht donde, cada mañana a las cuatro, repartía mis botellas de leche. ¿Y si me hubiera encontrado a mí? A aquellas horas, ya hubiese podido gritar cuanto quisiera. En todas las viviendas, dormían después de haber empinado el codo. Nadie se habría molestado por un chiquillo que pedía socorro.
– No te buscaba a ti -dijo Barcelona, convencido.
Hermanito le miró, boquiabierto.
– ¡Maldita sea! ¿Cómo lo sabes, borracho? ¿Le conociste?
– Está muy claro -contestó Barcelona Blom-. Pegó varías cuchilladas a una chica para aprovecharse de ella. ¿No es cierto?
Hermanito asintió con la cabeza.