
– Es mejor que no haya demasiados mosquitos en la parte superior -dijo Heide, apuntando su salchichón hacia el Oberfeldwebel que había torturado a muerte al viejo recluta-. Vamos a divertirnos con ese Oberfeld. Nos causará problemas.
– Entonces, nos lo cargaremos -decidió Hermanito, mientras se sonaba ruidosamente con los dedos-. No tienes más que indicármelo; soy un experto en liquidar a tipos como él.
– ¡Qué será de nosotros cuando todo eso haya terminado! -dijo Stege filosóficamente-. En realidad, sólo hemos aprendido a matar, Hermanito.
– Desde luego que no -contestó éste, risueño-. Siempre harán falta muchachos rápidos para matar. ¿Es que no es verdad, Anda o Revienta?
– Tienes razón, mon camarade.
– No entiendo nada de tu idioma extranjero. Pero cuando se habla de liquidar a los otros, pienso de repente que siempre he temido diñarla. El gran salto por la estratosfera no me seduce demasiado.
– ¿Temes tal vez encontrarte con el buen Dios? -preguntó Stege.
– No -gruñó Hermanito-, no es por eso. Es más bien porque, una vez tienes un agujero en el cráneo, todo está listo. Y luego, punto final. No creo en Dios. Si existe, sería el final para mí, dado mi expediente.
Hermanito se balanceaba un poco, indeciso. Arrugaba su estrecha frente, buscaba las palabras.
– No llego a imaginar que algún día ya no habrá «la cerveza de las siete», escondido en las letrinas en compañía de varios camaradas, y un par de dados.
