¿Os acordáis del comisario capitán con quien conversamos en Nikolaijev? El que se había disfrazado de campesino pero al que Anda o Revienta desenmascaró. Aseguraba que nuestros camaradas se paseaban por los parques de los Lores y cogían violetas para sus salones; y que, por la noche, se divertían con las criadas en el heno. Sería el mayor mentiroso del mundo si afirmara que no me gusta el olor del heno. Una vez tuve una aventura con una chica en un henil, y os aseguro que la proximidad del heno me excitó mucho.

– Es mejor que no haya demasiados mosquitos en la parte superior -dijo Heide, apuntando su salchichón hacia el Oberfeldwebel que había torturado a muerte al viejo recluta-. Vamos a divertirnos con ese Oberfeld. Nos causará problemas.

– Entonces, nos lo cargaremos -decidió Hermanito, mientras se sonaba ruidosamente con los dedos-. No tienes más que indicármelo; soy un experto en liquidar a tipos como él.

– ¡Qué será de nosotros cuando todo eso haya terminado! -dijo Stege filosóficamente-. En realidad, sólo hemos aprendido a matar, Hermanito.

– Desde luego que no -contestó éste, risueño-. Siempre harán falta muchachos rápidos para matar. ¿Es que no es verdad, Anda o Revienta?

– Tienes razón, mon camarade.

– No entiendo nada de tu idioma extranjero. Pero cuando se habla de liquidar a los otros, pienso de repente que siempre he temido diñarla. El gran salto por la estratosfera no me seduce demasiado.

– ¿Temes tal vez encontrarte con el buen Dios? -preguntó Stege.

– No -gruñó Hermanito-, no es por eso. Es más bien porque, una vez tienes un agujero en el cráneo, todo está listo. Y luego, punto final. No creo en Dios. Si existe, sería el final para mí, dado mi expediente.

Hermanito se balanceaba un poco, indeciso. Arrugaba su estrecha frente, buscaba las palabras.

– No llego a imaginar que algún día ya no habrá «la cerveza de las siete», escondido en las letrinas en compañía de varios camaradas, y un par de dados.



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