
– Vamos, vamos -ordenó el teniente Ohlsen desde el camino-. A las armas, muchachos, y en fila. Porta, ¡maldita sea!, muévete…
Porta y Hermanito levantaron la olla y se colocaron en fila, delante del teniente, que fingió no ver el recipiente.
Heide y Barcelona arrastraban sus armas. Los reclutas acudieron corriendo. Tropezaban entre sí y se peleaban. Inadvertidamente, uno dio un golpecito a Porta.
– Vuélvelo a hacer otra vez, muñeco de cartón, y recibirás tal bofetada que te olvidarás de tu padre, de tu madre y de Hitler.
El recluta se quedó boquiabierto, pero guardó un prudente silencio.
– ¡Hatajo de desgraciados…! -gruñó Hermanito.
– 5.ª Compañía, ¡firmes! ¡Media vuelta a la derecha! -ordenó el teniente Ohlsen.
Los jefes de sección indicaron el rumbo a seguir.
– Mirada al frente. Porta, ¡maldita sea!, ¿dónde está tu casco? No quiero verte con esta especie de sombrero de copa -gritó el teniente Ohlsen-. Me vuelve loco.
Porta se quitó el enorme sombrero amarillo.
– ¿No tienes casco? -insistió el teniente Ohlsen, irritado.
– No, mi teniente. Iván me lo birló.
El teniente Ohlsen movió la cabeza y miró al teniente Spät. Ambos renunciaron a seguir discutiendo con Porta.
– Vamos, cúbrete, Porta. No puedes ir con la cabeza desnuda.
El sombrero de copa volvió a dominar toda la Compañía. Parecía una chimenea.
– ¡Media vuelta a la izquierda! ¡De frente, marchen!
La lluvia nos azotaba el rostro y resbalaba a chorros por nuestras espaldas.
Una liebre atravesó el camino.
– Nos habría sido muy útil -dijo Porta, suspirando.
– La hubiésemos cocido en nuestro brebaje -añadió Hermanito.
– Es lo que hacen en las grandes tascas -explicó Heide.
– ¿Y es bueno? -preguntó Porta.
– Sin duda. Los ricos pagan mucho dinero para comerlo -repuso Heide.
