
– Si por lo menos tuviese una gachí… -meditó Hermanito, levantando los ojos hacia el cielo-. Apenas me acuerdo del aspecto que tienen.
– ¿Te sería posible con un tiempo así? -preguntó Heide, pegando un codazo a Hermanito.
– ¿Yo? Siempre estoy dispuesto.
– Es completamente imposible -protestó Steiner, el chofer de camión que estaba con nosotros porque había vendido un camión del Ejército a un italiano, en Milán.
– Lo que cuenta es el calor interior -dijo Hermanito con gran finura.
– No te creo -insistió Steiner, obstinado.
– A callar, ladrón -vociferó Hermanito-, o te las verás conmigo.
– Tendrías que ser el último en escandalizarte. ¿Existe un solo artículo del Código penal que no hayas violado?
– ¡Mierda! El Código Penal está hecho para que alguien le saque provecho; por lo demás, he de decirte que, sobre todo he sido condenado a causa del artículo que trata de la «cosa» y también puedo afirmarte que siempre he sido honrado al escogerlas. No soy como ese fulano que nos cargamos hace quince días, y que las conocía de menos de dieciséis años. Las mías siempre han tenido más de veinte años, sin excepción.
– ¿Les pides la partida de nacimiento antes de acostarte con ellas? -preguntó Porta, riendo.
– ¿Cuántas tienes en la lista? -interrogó Heide con interés.
– ¡Oh! Nunca he llevado la cuenta, pero son muchas -decidió Hermanito.
Se había quedado muy pensativo.
– No hablen tan fuerte; estamos cerca de Iván -intervino el teniente Ohlsen.
Abandonamos el camino para meternos en las montañas. El terciopelo de la hierba sofocaba el ruido de nuestros pasos. En algún punto de las tinieblas una vaca suspiraba de satisfacción.
Se dieron órdenes en voz baja:
– En columna de uno.
El Oberfeldwebel Huhn encendió un cigarrillo.
