El teniente Spät compareció en el acto y silbó entre dientes, a una presión de doscientas atmósferas.

– ¡Idiota! ¿Está completamente loco? ¡Apague eso antes de que los tiradores nos localicen! Merecería que le matara aquí mismo. Lárguese a retaguardia de la Compañía, no quiero volver a verle.

Huhn desapareció con el rabo entre piernas.

De repente, una granja apareció ante nosotros. Descubrimos un leve resplandor. El teniente Ohlsen levantó una mano para ordenar alto. Apenas respirábamos. ¿Qué habría en aquella granja? ¿Estaría Iván, con las ametralladoras preparadas para rociar a toda la Compañía?

– Heide, Sven, Barcelona y Porta -cuchicheó el teniente Ohlsen-. Vayan a registrar ese nido. Pero sean prudentes. Procuren no disparar: utilicen los kandras. Iván debe de estar muy cerca.

Sacamos nuestros cuchillos y empezamos a deslizarnos hacia los edificios. Temblábamos de nerviosismo. ¿Cuántos serían?

Ya estábamos cerca cuando nos dimos cuenta de que Hermanito nos había seguido. Llevaba un cuchillo entre los dientes y un lazo de acero en una mano. Reía, lleno de esperanza, y cuchicheó:

– La mitad de los dientes de oro es para mí.

Porta llegó el primero. Como un gato, se deslizo por una ventana. Ningún ruido.

Le seguimos. Una puerta chirriaba en algún lugar de la casa.

– Hay alguien -murmuro Heide-. Voy a lanzar una granada.

– ¡Idiota…! -gruñó Barcelona.

Hermanito hizo restallar su lazo.

Porta escupió por encima del hombro izquierdo. Daba suerte.

Hermanito penetró en la oscuridad. Un débil sonido llegó a nuestros oídos. Un gemido de dolor. Luego, de nuevo el silencio.

Reapareció Hermanito. De su lazo colgaba un gato.

– He aquí al enemigo -dijo riendo, mientras nos mostraba el gato estrangulado.

Todos respiramos, aliviados.



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