– De todos modos, es lástima.

Stege era obstinado.

– Bueno, bueno, es lástima. Pero, entonces, ¡maldita sea!, también es lástima que tengamos que arrastrarnos por este condenado bosque que nos importa un comino, ¿Acaso es culpa nuestra? Cuando te pusieron la cacerola de Hitler en la cabeza, ¿te preguntaron si te gustaba matar a la gente?

– Eso es una estupidez -protestó Stege-. En nombre del cielo, ahórranos tu filosofía.

-Camarade

– Es lo que yo pienso -rezongó Porta.

Y sacudió las manos para ahuyentar las moscas que se elevaron de los cadáveres de los rusos.

Aquellos bichos nos exasperaban. Eran unas moscas insolentes que se te metían por los ojos y la nariz. No habían comprendido la diferencia entre un muerto y un vivo. Porta señaló a Stege con un dedo sucio.

– Te has encontrado un kandra; no vengas a contarnos que tenías intención de colgarlo de la pared, porque primero no tienes pared, y como el maíz no crece aquí, tampoco puedes utilizarlo para la cosecha. Te guste o no te guste, tenías las ideas claras cuando lo cogiste del cadáver. Lo querías para cargarte a alguien.

– ¡Cerdo! -dijo Stege entre dientes.

– Soy un soldado nazi -replicó Porta, lacónico.

– ¡Bah! -gruñó Heide, mientras secaba su ancho kandra en el pantalón.

– ¡Vaya porquería! Está mellado. Si por lo menos tuviéramos una muela, podría afilarlo. No corta bien. Somos seres humanos, ¿no? No vale la pena hacer sufrir a la gente más de lo necesario.

El Viejo se levantó y dio unas órdenes breves:

– Recoged las armas. En columna de a uno.

Hermanito y Porta no tardaron en alcanzarnos. Primero, habían querido saquear los cadáveres. Habían estado a punto de pelearse por tres dientes de oro. Porta consiguió dos. Hermanito tuvo que contentarse con uno.



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