El Viejo estaba furioso.

– Siento verdaderos deseos de liquidaros a los dos. Me da asco veros arrancar los dientes de oro a los cadáveres.

– No seas melindroso -replicó Porta, con ironía -. ¿Enterrarías tú un anillo de oro? ¿Prenderías fuego a un billete de mil? Supongo que no, porque, en tal caso, estarías loco de atar.

El Viejo rezongó aún otro poco. Sabía bien que en cada Compañía, tanto en la nuestra como entre las del otro lado, había «dentistas», que llevaban sus tenazas cortantes en el bolsillo. No podía evitarse.

Ahora, estábamos allí, bajo los frutales, masticando los salchichones de los artilleros muertos. Las gotas de lluvia caían rítmicamente de los árboles. Teníamos frío y estirábamos la «tela» más hacia arriba para cubrir nuestros cuerpos temblorosos. Era el objeto de múltiples usos de nuestro equipo: esclavina, tienda, cobertura de camuflaje, saco de transporte, colchón, hamaca y ataúd. Era lo primero que nos alargaban los empleados del almacén y era lo único que nos seguía hasta la tumba.

Porta contemplaba las nubes cargadas de lluvia.

– Lluvia, siempre lluvia. Las montañas son un asco para combatir. ¿Os acordáis de cuando peleábamos en la dulce Francia? Siempre hacía sol, y durante los altos podíamos permitirnos el lujo de tostarnos.

– ¡Dios mío! -suspiró Julius Heide-. Aquello sí que era una guerra. ¡Pero fue suerte no habernos pasado al otro bando! Ahora estaríamos fríos. ¿Os acordáis de los desertores que vimos, arrastrados por los perros de guardia de la policía militar, en dirección a Torgau

– No es que se pueda asegurar que estaríamos muertos -murmuró Hermanito, soñador. Se sentó en la hierba mojada e inclinó el busto hacia delante. Sus ojillos negros brillaban-. Tal vez estaríamos en Londres, donde vive ese Churchill. Me han dicho que es un verdadero placer ser prisionero de guerra de los Tommies.



8 из 344