
– …y mantente alejado de la suya.
Volvía a oírse la música rock, volvía el color y aparecía Duane, que golpeaba la pelota, sonreía a pesar del sudor, y la luz se reflejaba en sus gafas de sol. Después aparecía el símbolo de Nike y debajo la frase: «ven a la cancha de duane».
Fundido en negro.
Ned Tunwell dejó escapar un gemido de satisfacción, de verdadera satisfacción.
– ¿Quieres un cigarrillo? -le preguntó Myron.
– ¿Qué te había dicho, eh, Myron? -dijo Ned aumentando la potencia de su sonrisa-. ¿Es fantástico o no?
Myron asintió con la cabeza. Era bueno. Muy bueno. Era moderno, estaba bien hecho y tenía mensaje, sin llegar a la monserga.
– Me gusta -contestó.
– Ya te lo había dicho. ¿O no te lo había dicho? Se me ha vuelto a poner dura. Te lo juro por Dios, me gusta tanto que se me pone dura. Hasta puede que vuelva a correrme. Aquí mismo, mientras hablamos.
– Gracias por avisar.
Ned se puso a reír como si le hubiera dado un ataque y le dio una palmada en el hombro a Myron.
– Ned…
Tunwell fue reduciendo el volumen de sus carcajadas como si fuera el final de una canción y luego se secó los ojos.
– Es que un día me vas a matar, Myron. No puedo parar de reír. De verdad que un día me matas.
– Sí, es que soy la leche. Por cierto, ¿te has enterado de lo del asesinato de Valerie Simpson?
– Y tanto, lo han dicho por la radio. Una vez trabajé con ella, ¿sabes? -dijo Ned sin dejar de sonreír y con los ojos muy abiertos y vivaces.
– ¿Estuvo con Nike? -preguntó Myron.
– Pues sí. Y te diré una cosa, nos costó un riñón. Es que, ¿sabes qué?, parecía una apuesta segura. Sólo tenía dieciséis años cuando firmamos el contrato con ella y ya había llegado a la final del Roland Garros. Y además era atractiva, americana de pura cepa, lo tenía todo. Y estaba muy desarrollada, ya me entiendes. No era la típica niña mona que iba a transformarse en una mala bestia cuando creciera un poco, como Capriatti. Valerie estaba realmente buena.
