– ¿Y qué pasó?

– Pues que tuvo una crisis nerviosa -dijo Ned encogiéndose de hombros-. Joder, si salió en todos los periódicos.

– ¿Por qué motivo?

– Y yo qué sé. Pero hubo muchos rumores.

– ¿Como por ejemplo?

Ned abrió la boca para decir algo y volvió a cerrarla.

– Se me han olvidado.

– ¿Que se te han olvidado?

– Mira, Myron, la mayoría de la gente pensó que había sido demasiado, ¿me entiendes? Por tanta presión. Valerie no pudo con todo. La mayoría de esta gente no lo consigue. Tienen cuanto quieren, llegan muy arriba y luego ¡puf!, desaparecen. No puedes ni imaginarte cómo debe ser perderlo todo como… Esto… -Ned tartamudeó un poco y se calló. Luego inclinó la cabeza-. Mierda, joder…

Myron siguió en silencio.

– Perdona que haya dicho eso, Myron. A ti precisamente.

– No pasa nada.

– No, en serio, o sea, es que he metido la pata hasta el fondo…

– Una lesión en la rodilla no es lo mismo que una crisis nerviosa, Ned -comentó Myron tratando de quitarle importancia.

– Sí, ya lo sé, pero aun así… -dijo Ned, y volvió a callar-. ¿Cuando los Celts te ficharon estabas con Nike?

– No, con Converse.

– ¿Y te echaron? Quiero decir, ¿así por las buenas?

– No les culpo.

Esperanza abrió la puerta sin llamar. Como siempre. Nunca llamaba antes de entrar. Ned Tunwell no tardó en recuperar la sonrisa. No se deprimía fácilmente. Se quedó mirando a Esperanza, mirándola atentamente. Como la mayoría de los hombres.

– ¿Puedo hablar contigo un momento, Myron?

– Hola, Esperanza -dijo Ned saludándola con la mano.



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