
Ella se volvió hacia él y lo atravesó con la mirada, uno de sus múltiples talentos.
Myron se disculpó y la siguió afuera. La mesa de Esperanza estaba despejada salvo por dos fotografías enmarcadas. Una era la de su perra, una perrita muy peluda y muy mona que se llamaba Chloe, en un concurso que había ganado. Esperanza estaba muy metida en los concursos de perros, afición que los latinos del centro de la ciudad no es que dominaran precisamente, pero que a ella parecía dársele bastante bien. Y en la segunda foto salía Esperanza con otra mujer, librando un combate de lucha libre. La encantadora y ágil Esperanza había sido profesional de lucha libre bajo el nombre artístico de Pequeña Pocahontas, la princesa india. Durante tres años consecutivos, la Pequeña Pocahontas fue la favorita del público de la organización Radiantes Estrellas Guerreras de la Lucha Atlética, popularmente conocida como la regla (alguien había sugerido llamarla simplemente Guerreras Unidas de la Lucha Atlética, pero el acrónimo resultaba problemático para los locutores). La Pequeña Pocahontas de Esperanza era una fantasía sexual ligera de ropa (básicamente un bikini de ante), a quien los admiradores animaban y repasaban con la mirada de arriba abajo mientras ella se enfrentaba todas las semanas contra enormes y malévolas adversarias que siempre hacían trampas. Algunos lo veían como una alegoría moral, la típica representación de la lucha del bien contra el mal. Sin embargo, para Myron, el combate de la semana se parecía más a una de esas películas de mujeres encarceladas de serie Z, donde Esperanza representaba a la bella e ingenua prisionera encerrada en el ala C; su contraria era Olga, la sádica matrona de la prisión.
– Es Duane -dijo Esperanza.
Myron respondió directamente con el teléfono de su socia.
– Hola, Duane, ¿qué hay de nuevo?
– Vente para aquí, colega, ya estás tardando -dijo Duane hablando muy rápido.
– ¿Qué ocurre?
